Prisioneros de nuestra historia

23/Ago/2017

El Economista, México- por Fausto Ponce

Prisioneros de nuestra historia

“Los prisioneros somos, un poco, todos en este mundo”, nos dice el escritor y director de orquesta Xavier Güell, en referencia a su libro Prisioneros del paraíso, editado por Galaxia Gutenberg (2017), una novela que cuenta la historia de un grupo de talentosos músicos judíos que estuvieron presos en Theresienstadt (un campo de concentración) durante la Segunda Guerra Mundial.
Para el autor catalán, hemos aprendido poco sobre la experiencia del holocausto: “La lección es aplicable a nuestros días (…) somos prisioneros de un ámbito que es completamente hostil, donde vemos a gente con más dificultades para sobrevivir, un sector empobrecido y a unos cuantos ricos. La gente no se toca sino a través de estos diabólicos aparatos; si te paseas por la calle, la gente no se mira la una a la otra y es un síntoma terrible de soledad. El mundo en el que vivimos es cada vez más nacionalista y las políticas populistas lo que hacen es desunir a los países”.
El autor señala la salida de Inglaterra de la Unión Europea como ejemplo, o bien, “la tragedia” que simboliza la elección de Trump en Estados Unidos, un presidente populista y nacionalista y “la cantidad de nacionalismos que perturban la unidad. Y en esa unidad tenemos el islamismo radical, que viven con sus convicciones, por muy equivocadas que estén y que golpean al mundo con cada vez más fuerza y crueldad”.
“Y ante esos golpes, occidente reacciona de manera tibia, sin defender los valores de libertad y democracia de la cultura occidental. No podemos estar contentos con la marcha de la humanidad. Me preocupa (…) y no nos ha servido de lección lo que pasó en el holocausto”.
Prisioneros del paraíso gira en torno al compositor y director de orquesta judío, Hans Krása, quien fue arrestado por las SS y enviado al campo de concentración de Theresienstadt, el 10 de agosto de 1942. Junto a él estuvieron grandes compositores como Gideon Klein, Pavel Haas y Viktor Ullmann, entro otros músicos y cantantes.
El campo de concentración de Theresienstadt tenía una función de “marketing y relaciones públicas”, pues debía transmitir al mundo la imagen de una especie de ciudad modelo, donde los judíos podían tener una intensa vida cultural y artística. La realidad es que era un paso de transición para los campos de exterminio.
En el contexto anterior, y con los personajes citados, Güell crea una ficción sobre la lucha del arte con la barbarie, sobre la sobrevivencia y el dolor, al tiempo que hace un homenaje al poder de la música. Así pues, en la novela, Krása idea un plan para postergar la muerte de los niños de su comunidad: crear una ópera para niños, en la que deberá haber la mayor cantidad de niños participando y cuya producción debe extenderse lo más posible.
Además de la parte práctica de la obra que se quiere montar en la novela, Güell está convencido del poder del arte: “El arte y la música ayudan a sobrevivir. He hablado con algunos de los sobrevivientes de la música que escuchaban en los años de cautiverio y era más importante que el propio aire que respiraban. Por eso es una historia que se debía conocer: si hay algo que se ha tratado en la literatura es el holocausto y los años del nazismo y esa terrible época en la que la humanidad estuvo en el infierno, pero el tema específico de estos artistas, es algo que no se conoce”.
Prisioneros del paraíso fue una manera de ponerse en contacto con aquellos extraordinarios compositores. El autor gusta de tratar situaciones límite: “cuando el hombre debe tomar decisiones que no están previstas y cuando le desgarran y le quitan todo lo que tiene y de la noche a la mañana se encuentra en una situación que no tenía previsto y cómo reacciona es algo que siempre me ha interesado. Lo que pasó en Theresienstadt… el drama, la intensidad, el deseo de vida y de dignidad que se vio, me parecía un tema extraordinariamente importante”.
Por último, le preguntamos al director sobre su estilo literario y el efecto que su profesión musical produce en su escritura, que por momentos parece un mar de voces hablando al unísono y en perfecta armonía: “Intento acercar las palabras al sonido y a las notas. Un músico escribe de una manera diferente. Y tiene una percepción del ritmo y los silencios y del pulso dramático específica”.